perdido, era una niña
y ya
le amaba,
lloraba por él, le anhelaba,
creció y sus ojos parpadeaban
sin freno por ese amor inocente
infantil,
las tostadas
de mantequilla y mermelada
importaban y no importaban,
debían crear después
un mundo
a partir
de la nada, pero un tercero irrumpió
entre cientos y cientos de fantasmas,
no tenía nombre, no era un hombre
o una mujer, se llamaba dinero.
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